-¡Non fuyades, viles criaturas! ¡Cabalga, Rocinante! Defendamos esta afrenta a golpe de lanza y espada. -¿Pero qué dice, mi señor? ¿No tuvo bastante en Criptana? No eran gigantes sino molinos y aquestos hombres no son enemigos sino manchegos de pura alma. ¿No ve sus tierras labradas? ¿No ve sus cosechas de vino a la vera del Guadiana? Mire a sus mujeres, lozanas y campechanas, igual que su Dulcinea, robustas y bien amadas, labriegas en las labores, amas de casa y posadas. Escúcheme, Don Quijote, convenzamos a Cervantes, que no hay mejor tierra en Castilla que los campos de la Mancha, no hay paleta de colores que igualar a sus cielos pueda con el alba en la primavera y las vistas de Ruidera. ¡Mire, señor, sus ventas! Deguste sus quesos y pruebe sus gachas. Coma en corro las migas rodeado de jóvenes e infantes que van pasando de boca en boca el chorro de vino al gaznate. Que en esta tierra no hay afrentas, hay convites y hay tiznados, hay sartenes de gazpachos, hay llanura hasta Albacete, hay berenjenas de Almagro y hay olivares de aceite. Si su amada es del Toboso no eligió mejor lugar, haga amigos lugareños, gentes de buen yantar, verá mi señor que de aquesta manera así su amor podrá ganar. ¿Qué más quiere de la Mancha si la Mancha todo da? Da sus gentes, sus cosechas, sus productos del lugar, da sus fiestas, romerías y parajes sin igual. -No sigas, Sancho, amigo mío, mi error he aprendido ya. Esta será mi patria y de ahora en adelante la Mancha será mi hogar.
miércoles, 26 de octubre de 2016
martes, 18 de octubre de 2016
EL ALBERGUERO DEL CIELO
Leo era un hombre bueno de la zona del Bierzo. Trabajador y humilde vivía en un gran caserón cercano al río, en plena calle del Agua, por donde pasan los peregrinos del Camino de Santiago. Tenía tres nietas pequeñas que correteaban y jugaban por las escaleras de la hacienda sin imaginarse que algún día darían cobijo al caminante. Cuando Leo siguió las flechas amarillas que conducen a las personas al camino de la Vía Láctea, el gran caserón quedó olvidado y sólo era recorrido por el tiempo. No quedaba infancia en él, ni risas, ni juegos. En esta caprichosa vida que premia al malo y condena al bueno, una de sus nietas marchó junto a él y la casa quedó muda. Lágrimas en la tierra y pesadez en las mochilas. Y hete aquí que el destino jugó de nuevo. No sé cómo, ni dónde, ni a quién se le ocurrió la idea pero sé que desde el cielo Leo y su nieta movieron los hilos. El Camino es así, la vida es así. Y seguir siempre hay que seguir. El gran caserón fue reconstruido, reformado y habitado de nuevo. Se ha convertido en un Albergue de Peregrinos atendido por las nietas de Leo, las que portan con maestría su nombres celestiales que son Ángela y María. Han vuelto al caserón las palabras, las vivencias, los corazones y las sonrisas. Refugio para los peregrinos, vínculo para las hermanas, memoria para los que se han ido y en el cielo un alberguero. Y ésta es su historia, la de Leo y la de su albergue, la de sus nietas, la de la vida y la de la magia en el Camino.
jueves, 6 de octubre de 2016
ALQUIMIA
Nunca he sido científico ni he dominado las fórmulas. Jamás aprendí Física y Química por más que escuché a Sabina. En ningún momento he llenado una probeta a mi antojo. En absoluto regento laboratorios. Tampoco visto bata blanca ni utilizo microscopios. Y sin embargo he descubierto que mezclando la amistad con el mismo gusto y la afición, se obtiene la ecuación resuelta de la diversión. Y también he descubierto que escuchando con atención se oyen las palabras de las miradas y del corazón. Y ya os digo que jamás he sido científico pero sabed que no miento al contaros este descubrimiento. Lo he logrado, simplemente, viviendo y hablando con las personas de tú a tú, mezclando la actitud con la aptitud. Así obtuve la combinación perfecta de trato, personalidad y lugar para que la sonrisa fuese el resultado en el laboratorio de la convivencia. Serendipias de la vida, llamémoslo así, que no atienden a fórmulas ni a alquimias pero te hacen ser feliz.
miércoles, 28 de septiembre de 2016
ABUELA CARMEN
Desde bien niño me enredaba en tu falda y te pedía los caprichos que en mi casa no me daban o te mandaba a los recados que a mí mismo me daba vergüenza hacer. No sabía ni decir abuela y lo más parecido que atinaba a decir con lengüecilla de medio trapo era Lela. -Lela, cómprame una careta de pirata. -¡Pero si estamos en Agosto! -Es que mamá no quiere... Y el niño lucía orgulloso su careta por la calle mientras su inocente cara se escondía sudorosa bajo aquella máscara de plástico que su abuela le había comprado buscando de tienda en tienda en pleno verano. -Lela, ¿me traes unas tablas de la carpintería para hacerme una ballesta? -Anda, ¿por qué no vas tú a por ellas? -Es que me da vergüenza... Y el niño se fabricaba un juguete casero con las tablas que su abuela le traía. -Lela quiero un helado. -¡Este niño! Si estamos en Febrero... -Ya, pero yo lo quiero... Y el niño se comía tan feliz el helado que su abuela le compraba. Y así pasaron los años y el niño creció. Y no fui ni el nieto mayor, ni el nieto menor. Fui simplemente el nieto. El que de todos ellos siempre estuvo con la Lela. El que creció a su lado viendo las Fiestas de la Pandorga, el Mercadillo de la Plaza de Toros y la Feria en el Parque de Gasset. Quien siguió creciendo a su vera y le hacía las chapuzas de casa, le ponía en hora el reloj y le hacía gachas para comer. Quien a su Lela la montaba en el coche y la llevaba al campo o le instalaba un teléfono en casa aunque para ello rompiera media pared. Era su nieto y ella mi abuela. Mi Lela. Mi abuela Carmen.
martes, 20 de septiembre de 2016
CONSERVA
Cuando se aúnan ante una sartén y unas trébedes una familia mientras los tomates y pimientos borbotean friéndose a fuego lento, cuando el aroma de la huerta a punto de embotarse impregna la lumbre y entremedias los niños juegan cerca de los tizones bajo la atenta mirada de los mayores, cuando el verano comienza su ocaso e inicia los últimos días de cara a un incipiente veranillo de San Miguel que dará paso al otoño dejando en el aire vaharadas de productos hortelanos, cuando todos los presentes obran y colaboran ayudándose en la consecución de la misma tarea para repartir el fin común que saldrá recién hecho del fuego, cuando la tradición y la costumbre hacen ley y ésta se consume abriendo frascos durante el crudo frío recordando aquel rato de calor y buena cocina frente a las llamas, cuando los nietos apuran los últimos botes que se hallan en la alacena de los abuelos llenos con cosechas del año anterior y se pelean por la última sopa de pan, cuando en la sobremesa de una comida de primavera recién apurado el bacalao con tomate se habla entre hermanas de que este año se repetirá el ritual... Tantos momentos servirían para describirte, conserva, que no sé con cuál quedarme. Por eso sólo te pido que nunca faltes y sigas apretando los lazos que unen a las familias de mi tierra a través de estas tradiciones.
jueves, 8 de septiembre de 2016
MELANCOLÍA MUSICAL
Fernando tenía un walkman que le habían regalado en Navidad. Tenía quince años e iba a 3º de la E.S.O. Pasaba los ratos libres escuchando sus canciones favoritas en una cinta de cassette que él mismo había grabado y decorado. Eran para él canciones que le recordaban a la chica que le gustaba del colegio y la cinta estaba plagada de sentimientos y te quieros que Fernando expresaba a viva voz cantando sus temas favoritos cuando salía de clase y volvía a casa con los cascos puestos o cuando estaba en la ducha un viernes antes de salir con los amigos. Aquella cinta era su tesoro.
Pasó el tiempo y Fernando se hizo mayor. Ya tenía treinta y cinco años y hacía veinte desde que le regalaron aquel walkman que tanto disfrutó exprimiendo sus canciones predilectas. Subido a una escalera cogiendo el abeto de Navidad del altillo de un armario, encontró una caja llena de recuerdos que se llevó a su casa cuando se casó y formó un hogar. Sopló el polvo que la cubría y la abrió. Dentro de ella estaba aquella cinta de su primera juventud. Todavía se sabía las letras de las canciones de memoria y el orden en que estaban grabadas. Su mente se trasladó a aquellos años y comenzó a cantar "Historias de amor" de OBK. Acto seguido entonó "Mi soledad y yo" de Alejandro Sanz. Por un instante la melancolía embargó su alma haciéndole vibrar de recuerdos. Fue un rato precioso en el que Fernando se encontró consigo mismo. Sonrió, montó el abeto rememorando aquellas canciones y colocó bajo el árbol los regalos de esa Navidad. En uno de los paquetes podía leerse "Para Fernando". Contenía su cinta, sus recuerdos, sus canciones. Un precioso regalo que el azar le hubo hecho en su momento y que hoy volvía a regalarle por sorpresa. Aquella Nochebuena sonaron en el radiocassette de la casa aquellas canciones. Fernando estaba radiante, dio gracias a la vida y besó a su mujer como soñaba cuando tenía quince años hacerlo con aquella chica del colegio. Sonaba de fondo "La cosa más bella" de Eros Ramazzoti.
viernes, 29 de julio de 2016
EL MAESTRO
Aquel profesor era muy querido por sus alumnos. Les enseñó los verdaderos valores y conocimientos necesarios para vivir del mejor modo posible a la vez que les impartía las clases enseñando el abecedario, a leer y a escribir, a restar y a sumar, ciencias sociales, naturales, plástica y a hacer gimnasia. Era un profesor todoterreno de los que ya no quedan. Trataba a todos los niños con cariño, les daba caramelos y alguna vez se llevó la guitarra a clase y cantó con ellos canciones de campamentos. Los chicos lo querían mucho y lo llamaban Maestro. Siempre obró igual con todas las generaciones de estudiantes que pasaron por su aula y decía que les regalaba su legado: sabiduría y vida.
Cuando los alumnos crecieron y cada uno emprendió su camino, se dieron cuenta del real valor de aquellas enseñanzas y las pusieron en práctica. No todas las lecciones de la vida son de conocimientos o aprendizajes. Tuvieron hijos y les inculcaron aquellos valores. Y aquellos hijos a los suyos. Y así se repetiría una y otra vez por más generaciones que a las que el Maestro enseñó. Los años siguieron pasando pero las lecciones se mantuvieron igual pues eran doctrinas universales que no venían explicadas en los libros. Y cuentan que a día de hoy un viejo profesor, hijo y nieto de profesores a su vez, que camina por las calles de la ciudad apoyado en un bastón, cuando ve un grupo de niños que tras jugar juntos al fútbol hablan de los deberes de la escuela, mira al cielo y musita: maestro, tu legado sigue en pie, sabiduría y vida.
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