Desde bien niño me enredaba en tu falda y te pedía los caprichos que en mi casa no me daban o te mandaba a los recados que a mí mismo me daba vergüenza hacer. No sabía ni decir abuela y lo más parecido que atinaba a decir con lengüecilla de medio trapo era Lela. -Lela, cómprame una careta de pirata. -¡Pero si estamos en Agosto! -Es que mamá no quiere... Y el niño lucía orgulloso su careta por la calle mientras su inocente cara se escondía sudorosa bajo aquella máscara de plástico que su abuela le había comprado buscando de tienda en tienda en pleno verano. -Lela, ¿me traes unas tablas de la carpintería para hacerme una ballesta? -Anda, ¿por qué no vas tú a por ellas? -Es que me da vergüenza... Y el niño se fabricaba un juguete casero con las tablas que su abuela le traía. -Lela quiero un helado. -¡Este niño! Si estamos en Febrero... -Ya, pero yo lo quiero... Y el niño se comía tan feliz el helado que su abuela le compraba. Y así pasaron los años y el niño creció. Y no fui ni el nieto mayor, ni el nieto menor. Fui simplemente el nieto. El que de todos ellos siempre estuvo con la Lela. El que creció a su lado viendo las Fiestas de la Pandorga, el Mercadillo de la Plaza de Toros y la Feria en el Parque de Gasset. Quien siguió creciendo a su vera y le hacía las chapuzas de casa, le ponía en hora el reloj y le hacía gachas para comer. Quien a su Lela la montaba en el coche y la llevaba al campo o le instalaba un teléfono en casa aunque para ello rompiera media pared. Era su nieto y ella mi abuela. Mi Lela. Mi abuela Carmen.
miércoles, 28 de septiembre de 2016
martes, 20 de septiembre de 2016
CONSERVA
Cuando se aúnan ante una sartén y unas trébedes una familia mientras los tomates y pimientos borbotean friéndose a fuego lento, cuando el aroma de la huerta a punto de embotarse impregna la lumbre y entremedias los niños juegan cerca de los tizones bajo la atenta mirada de los mayores, cuando el verano comienza su ocaso e inicia los últimos días de cara a un incipiente veranillo de San Miguel que dará paso al otoño dejando en el aire vaharadas de productos hortelanos, cuando todos los presentes obran y colaboran ayudándose en la consecución de la misma tarea para repartir el fin común que saldrá recién hecho del fuego, cuando la tradición y la costumbre hacen ley y ésta se consume abriendo frascos durante el crudo frío recordando aquel rato de calor y buena cocina frente a las llamas, cuando los nietos apuran los últimos botes que se hallan en la alacena de los abuelos llenos con cosechas del año anterior y se pelean por la última sopa de pan, cuando en la sobremesa de una comida de primavera recién apurado el bacalao con tomate se habla entre hermanas de que este año se repetirá el ritual... Tantos momentos servirían para describirte, conserva, que no sé con cuál quedarme. Por eso sólo te pido que nunca faltes y sigas apretando los lazos que unen a las familias de mi tierra a través de estas tradiciones.
jueves, 8 de septiembre de 2016
MELANCOLÍA MUSICAL
Fernando tenía un walkman que le habían regalado en Navidad. Tenía quince años e iba a 3º de la E.S.O. Pasaba los ratos libres escuchando sus canciones favoritas en una cinta de cassette que él mismo había grabado y decorado. Eran para él canciones que le recordaban a la chica que le gustaba del colegio y la cinta estaba plagada de sentimientos y te quieros que Fernando expresaba a viva voz cantando sus temas favoritos cuando salía de clase y volvía a casa con los cascos puestos o cuando estaba en la ducha un viernes antes de salir con los amigos. Aquella cinta era su tesoro.
Pasó el tiempo y Fernando se hizo mayor. Ya tenía treinta y cinco años y hacía veinte desde que le regalaron aquel walkman que tanto disfrutó exprimiendo sus canciones predilectas. Subido a una escalera cogiendo el abeto de Navidad del altillo de un armario, encontró una caja llena de recuerdos que se llevó a su casa cuando se casó y formó un hogar. Sopló el polvo que la cubría y la abrió. Dentro de ella estaba aquella cinta de su primera juventud. Todavía se sabía las letras de las canciones de memoria y el orden en que estaban grabadas. Su mente se trasladó a aquellos años y comenzó a cantar "Historias de amor" de OBK. Acto seguido entonó "Mi soledad y yo" de Alejandro Sanz. Por un instante la melancolía embargó su alma haciéndole vibrar de recuerdos. Fue un rato precioso en el que Fernando se encontró consigo mismo. Sonrió, montó el abeto rememorando aquellas canciones y colocó bajo el árbol los regalos de esa Navidad. En uno de los paquetes podía leerse "Para Fernando". Contenía su cinta, sus recuerdos, sus canciones. Un precioso regalo que el azar le hubo hecho en su momento y que hoy volvía a regalarle por sorpresa. Aquella Nochebuena sonaron en el radiocassette de la casa aquellas canciones. Fernando estaba radiante, dio gracias a la vida y besó a su mujer como soñaba cuando tenía quince años hacerlo con aquella chica del colegio. Sonaba de fondo "La cosa más bella" de Eros Ramazzoti.
viernes, 29 de julio de 2016
EL MAESTRO
Aquel profesor era muy querido por sus alumnos. Les enseñó los verdaderos valores y conocimientos necesarios para vivir del mejor modo posible a la vez que les impartía las clases enseñando el abecedario, a leer y a escribir, a restar y a sumar, ciencias sociales, naturales, plástica y a hacer gimnasia. Era un profesor todoterreno de los que ya no quedan. Trataba a todos los niños con cariño, les daba caramelos y alguna vez se llevó la guitarra a clase y cantó con ellos canciones de campamentos. Los chicos lo querían mucho y lo llamaban Maestro. Siempre obró igual con todas las generaciones de estudiantes que pasaron por su aula y decía que les regalaba su legado: sabiduría y vida.
Cuando los alumnos crecieron y cada uno emprendió su camino, se dieron cuenta del real valor de aquellas enseñanzas y las pusieron en práctica. No todas las lecciones de la vida son de conocimientos o aprendizajes. Tuvieron hijos y les inculcaron aquellos valores. Y aquellos hijos a los suyos. Y así se repetiría una y otra vez por más generaciones que a las que el Maestro enseñó. Los años siguieron pasando pero las lecciones se mantuvieron igual pues eran doctrinas universales que no venían explicadas en los libros. Y cuentan que a día de hoy un viejo profesor, hijo y nieto de profesores a su vez, que camina por las calles de la ciudad apoyado en un bastón, cuando ve un grupo de niños que tras jugar juntos al fútbol hablan de los deberes de la escuela, mira al cielo y musita: maestro, tu legado sigue en pie, sabiduría y vida.
viernes, 17 de junio de 2016
RETAZOS DE VERANO
Hoy estaba cuadrando mi agenda para las vacaciones de verano. Como siempre Agosto está marcado en rojo en la primera quincena. Desde que tengo uso de razón ha sido en esas fechas cuando he visto el mar: de pequeño de la mano de mis padres, de adolescente con el grupo de amigos, de joven con el primer amor y de adulto tan sólo pido poder seguir viéndolo año tras año, poder seguir jugueteando con las olas mientras evoco recuerdos, poder bañarme en él junto a mi mujer e hijos y poder despedir un día a mis hijos cuando vayan por primera vez con mis nietos a su reencuentro. Hoy punteando los días del octavo mes del calendario me han venido recuerdos de muchos años y edades y, no sé por qué, junto a ellos brotaban de mi mente aquellas canciones que sonaban en las terrazas, pubs, discotecas, chiringuitos, etc, conforme iba avanzando la vida, mi vida, por aquellas playas del Mediterráneo. Eva María, Quince años tiene mi amor, No hagas el indio haz el Cherokee, Corazón partío, Salomé, Mambo Nº 5, El camaleón (versión King África), La raja de tu falda, etc, etc. Cuántas músicas distintas han ido arañando mis momentos de verano. Son retazos. Retazos de pasado y de futuro que me dejan un enigmático rostro entre la sonrisa y el llanto, entre lo anciano y lo nuevo, entre lo pasado y lo futuro. A quien le cuente que cuadrando la agenda me ha venido todo ello a la mente no me tachará de loco ni de soñador, es más, creo que me dirá que no solamente lo cree sino que alguna vez también le ha pasado. Todos tenemos retazos, especialmente retazos de verano: pueblo, playa, familia, amigos y recuerdos. ¿No es precioso que se avecinen unas nuevas vacaciones?
martes, 7 de junio de 2016
FAMILIA
Cuando cae el frío y se engalana la ciudad con luces de colores, adornos en los escaparates y se ven polvorones y turrones por cualquier rincón, siempre forjamos los mismos pensamientos todos, ya seamos abuelos, padres, hijos, hermanos, nietos, tíos, sobrinos o primos. En los mayores: recuerdos de los que no están y esperanza de los que deben llegar. En los pequeños: ilusiones, alegría y felicidad. A cualquier edad: juntarnos los máximos que podamos, reencuentros, besos, abrazos y ratos entrañables al calor del hogar común. Podríamos definir con ello, entre unos y otros, lo que es la Navidad, sin embargo deberíamos aprovechar esas fechas en las que todos coincidimos aproximadamente en pensamientos para valorar un concepto mucho mayor y que olvidamos con excesiva frecuencia por las más absurdas riñas o disputas. Y deberíamos disfrutarlo a diario. Familia. Hay que obrar como familia, pues serlo lo somos queramos o no. Cuando todos los miembros de una casa que comparten apellidos y sangre se juntan en un cumpleaños, en una visita sorpresa, al amparo de un abuelo, recibiendo a un nuevo primo o casando a una hermana, todos compartiendo un mismo pan y bebiendo un mismo vino, no hace falta que sea una fiesta que nos indique el calendario, si no que somos nosotros quienes marcamos la fiesta en el almanaque. Y eso podemos vivirlo día a día. No hace falta un momento especial para echar de menos al que ya no está, no es necesario una junta anual para brindar por un reencuentro, de nada sirve una ilusión atada a una fecha concreta. Hay que olvidar enfrentamientos: un padre es un padre siempre, una madre lo es de por vida, un hermano lleva tu sangre quieras o no. El día a día es mucho más sólido viviéndolo los que de verdad somos. Con los nuestros. Siendo y obrando como una familia. Cuando uno ríe, todos ríen. Cuando uno llora, todos lloran. Sea la fecha que sea. Todos remando en el mismo barco. Todos posados en la misma rama. Familia. Todos los días del año y todos los días de la semana: Familia.
miércoles, 25 de mayo de 2016
RECUERDOS REALES
En 1255 decidí renombrar el municipio del Pozo Seco de Don
Gil fundando Villa Real. Con los años llegaría a asentarme entre los colores
blanco y añil de sus fachadas y en el ocre de sus campos. Historia de la
historia de la villa. Me sentí involucrado con aquellas personas que dotarían escuelas
con mi nombre queriéndome y recordándome. Cuando Juan II concedió a la villa la
categoría de ciudad yo me alegraba de ver cómo se engrandaba la leyenda de mi
querida muy noble y muy leal Ciudad Real, capricho manchego en la Orden de Calatrava. Tiempo
después me otorgaron una butaca de lujo en el centro de la ciudad y presidí la
empedrada Plaza Mayor desde un humilde parterre que era el corazón de los
ciudadrrealeños. Contemplé la evolución y en los soportales de la Plaza dejaron de pasar los
carros y carretas para dar paso a los automóviles y motocicletas. Durante unos
pocos años estuve al amparo de la
Puerta de Toledo. Qué recuerdos de aquellos tiempos en los
que vigilaba la entrada y salida de la villa. De nuevo volví a la Plaza Mayor para
quedarme definitivamente presidiendo mi ciudad. He visto celebraciones, festejos,
ofrendas y sonreír a sus gentes. Hoy veo a un grupo de personas que contemplan
el novedoso carrillón y me gustaría contarles la historia de la tierra que
pisan. Retendré la imagen como una postal envejecida en los recuerdos añejos de
mi mente. Siete siglos y medio después la ciudad sigue viva. Parece ayer cuando
firmé la Carta Puebla.
Yo, Rey Don Alfonso.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






