miércoles, 23 de septiembre de 2020

RETRATO

Hoy me miraba el alma frente al espejo. Siempre se ha dicho que la cara es el espejo del alma y por eso hoy lo he hecho al revés. Me he mirado el alma y de acuerdo a lo que he visto he sabido cómo tenía la cara. El reflejo me ha devuelto en su visión unos ojos entornados batiéndose en lucha entre la sonrisa y la preocupación. La nariz, afilada, estrecha, sin rasgos judaicos pese a ello, abría sus orificios  al máximo desprendiendo una respiración amplia, pausada, armónica, acompasada al pensamiento que ocupa en esos momentos la cabeza. La boca cerrada como cuando se cavila pues mantenerla abierta implica estar en Babia. La mirada entornada, con los ojos cerrados y los párpados a punto de despegarse para ver el mundo real y dejar de ver el mundo interior que, en ocasiones, es mucho más real que el exterior. Y así era. El reflejo no miente y ha mostrado lo que ve. Además todo encaja y los sentimientos se reflejan en el rostro perfectamente integrados, careciendo de sentido que aflore una sonrisa entre lágrimas de llanto o se dibuje una nariz henchida en un momento de agitación.
Todos tendemos a sentenciar el interior de una persona viendo su cara en un determinado momento y somos conscientes que en realidad no sabemos lo que a su alma acaece ciertamente. Lo que no todos hacemos es mirar nuestra alma al espejo y así saber la cara que mostramos. Entenderíamos mucho más porque nos tratan de una manera o de otra.


miércoles, 29 de julio de 2020

AINHOA Y BERTA

Nunca vi mejor conjunción en la sonrisa que la que ambas formaban juntas. Eran el perfecto fiel de la balanza para acometer cualquier empresa y que siempre se alcanzase el equilibrio. Cuando la una estaba triste, la otra compensaba con alegría. Cuando la otra estaba lejos, la una garantizaba cercanía. Ainhoa y Berta eran íntimas amigas y me gustaba verlas felices y seguirlas en sus redes sociales. Terminaba alegre viendo sus publicaciones. Lo pasaban genial juntas, nunca faltaban planes entre ellas y compartían infinidad de vivencias. Se complementaban hasta tal punto que una lágrima de Berta servía para hacer más limpia una risa de Ainhoa. Transmitían, seguramente sin saberlo, la más perfecta y entrañable definición de amistad. Aún viviendo casi juntas cada una pertenecía a un municipio y cada uno de ellos a una provincia de una autonomía diferente. Curioso pero real. Tan cercanas y tan lejanas. Sin embargo, su unión era tan palpable que no había nunca separación entre ellas dos y, me atrevería a decir que, sus pensamientos estaban ligados de modo tal que con mirarse y sin necesidad de palabras o con oírse y sin necesidad de miradas, sabían a la perfección el estado de ánimo de una y otra y lo que necesitaban mutuamente en ese momento las dos. Ainhoa era la prudencia, la sensatez, la cordura y el sosiego. Berta era el descaro, el ímpetu, la locura y el huracán. Juntas eran la mezcla precisa y concisa. Siempre cercanas, entremezcladas sí y a la vez manteniendo sus esencias. Entrañables, mágicas, amigas.

martes, 21 de julio de 2020

A MIS CINCUENTA Y DIEZ

A mis cincuenta y diez, sesenta dicen que aparento, he vuelto a tener mariposas en el estómago. Cuando una mortal enfermedad se llevó de mi lado a Amalia no pensé que volvería a sentir vivo mi corazón. Todo el mundo decía que el tiempo todo lo cura y terminé aborreciendo la frase y a todo aquel que me la decía. De hecho, ni siquiera sabía el tiempo que me quedaría a mí por vivir en ese sin vivir en el que se había convertido mi vida. Fueron transcurriendo los lustros entre Navidades llenas de lágrimas y propósitos de año nuevo y mi corazón, cerrado por derribo, maltrecho y ajado, se limitó a seguir latiendo por inercia. Y sin ser consciente de ello el tiempo fue pasando y Amalia ya llevaba casi dos décadas brillando entre las estrellas. Si algo tenía presente era su recuerdo, si bien el dolor se iba mitigando. Quizá fuese por acostumbrarme forzosamente o quizá porque aquellos que decían lo del tiempo tuvieran razón.
A mi vecina Paqui le pasaba algo similar. Eduardo, su marido, murió en un trágico accidente. Llevaba años sin verla sonreír. Sólo lo hacía cuando la visitaban sus nietos y les daba las rosquillas que había hecho para ellos, pero eso ocurría pocas veces porque su único hijo residía fuera, a bastantes kilómetros. Ambos nos entendíamos con mirarnos puesto que los dos sabíamos del dolor que conllevaba la pérdida. La empatía era mutua. Es más, de tanto hablar con la mirada, un día revolotearon de nuevo mariposas en mi vientre. Y creo que en el suyo también. En la tierra se dibujaron sentimientos y en el cielo brillaron dos sonrisas. ¡Qué cosas! A mis cincuenta y diez, sesenta dicen que aparento.


miércoles, 8 de julio de 2020

LO ÍNFIMO

No sé si es un sueño, una teoría o una leyenda. Cuentan que una vez la Madre Tierra se enfadó con su hijo el Hombre. Ella le había dado todo y él se dedicaba a no cuidarla y respetarla. Se creía poderoso, gran dominador de la tierra, el mar y el viento, señor de castillos y doncellas, de grandes construcciones y de torres con princesas en lo alto, dueño de cultivos, huertas y parcelas robadas al monte sin reparo, propietario de los bosques que aniquilaba para poner en ellos hormigón y piscinas artificiales, usufructuario sin límite legal que vertía sus miserias contaminantes a los arroyos, ríos y lagos causando desastres en el mar. Alguna vez la Madre Tierra dio señales de enfado y recuperó lo que era suyo. La vida al final siempre se abre paso, pero el Hombre, convencido de su poder, con grandes máquinas y armatostes siguió su guerra contra sus propias raíces, contra su más íntimo origen, contra su propia génesis. Aguardaba que si alguna vez llegaba un enemigo sería grande, corpulento, visible en la distancia, fácil de localizar, dominar y derrotar. El Hombre creía que todo lo podía y la Madre Tierra estaba cansada de sufrir. Y ocurrió como ocurrió la vida. Avanzó en silencio, invisible, sin detención y logró su cometido. Algo tan ínfimo en tamaño como un virus puso en jaque toda la inmensa jerarquía del Hombre. No se puede morder constantemente la mano de quien te da de comer por creerte superior y no tenerle el respeto que merece. Lo ínfimo puede derrotar a lo supremo como un eterno David que siempre vence a Goliat.


viernes, 26 de junio de 2020

EL BOSQUE ANIMADO

Me encantaría vivir en un bosque animado donde no existiera el hambre ni el sueño, donde pudiera comer o dormir según quisiera y apeteciera, donde Caperucita fuera feroz y el lobo encantador, donde Peter Pan no volase sino corriese por senderos y caminos, donde Campanilla cambiase Londres por las copas de los árboles y el Capitán Garfio descansase en una hamaca, donde los gnomos fuesen reales y jugasen al fútbol con los trolls en mitad de una pradera rodeada de eucaliptos y pinos, donde Gargamel llevase de excursión a los pitufos y merendasen todos juntos en casa de la abuelita, donde los siete enanitos contasen chistes entre vasos de limonada, donde oliera a aromas de café recién molido, de pan recién horneado y de ropa recién lavada, donde el cielo fuese azul todos los días y las noches estrelladas, donde los colores brillasen independientemente de la luz que recibieran sin hacer sombras jamás, donde todo ser tuviera cabida y estuviese hecho de cariño, sonrisas y bondad, donde hasta las piedras sintiesen (si es que no lo hacen) y reflejasen los destellos de la luna, donde la Bruja Avería reparase todo lo que se estropease y el trenecito de Barrio Sésamo circulase siempre entre las juguetonas hojas del otoño mientras Espinete hace reír a los mayores recordando los inviernos y Don Pimpón juega con los niños a soñar la primavera. ¿Te encantaría a ti también?


martes, 9 de junio de 2020

IN MEMORIAM

La vida es tan caprichosa que a caprichos nos deja encaprichados. Cuando recibí esta imagen me enamoré de ella y la guardé celosamente en el maletín de borradores para derramar unas líneas sobre ella que seguro emanarían de mi tintero solas. Pero el capricho del destino era distinto y si a mí me evocaba un bosque llorando no sabría la causa hasta que hoy, cuando la fuerza del sino ha querido. Que se desprenden nubarrones y cuanto más la miro más húmedos están los árboles de los bosques de Montanuy mientras les resbalan las lágrimas por el tronco, es obvio. Que esos colores difuminados en tierra generarán un arco iris en la bóveda celeste mientras seguimos suspirando aquí abajo por un beso de la flaca, no me cabe duda. Que estas letras sean un pequeño homenaje para tu grandeza pues los que formamos Pictura et Verba crecimos entre cervezas mientras tu voz sonaba de fondo en los pubs, también. Que todo me parece bonito, bonita la paz, bonita la vida, bonito volver a nacer cada día, bonita la verdad cuando no suena a mentira, bonita la amistad, bonita la risa, bonita la gente cuando hay calidad, es una lección tuya que jamás olvidaré. No imaginé que el uso que daría a la imagen fuera éste, pero es para ti. La vida es tan caprichosa que a caprichos nos deja encaprichados.

Descansa, Pau. Seguiremos cantando tus canciones.


viernes, 29 de mayo de 2020

¿ESTÁS AHÍ?

Dice una canción de Alejandro Sanz que cuando nadie me ve, a veces me elevo, doy mil volteretas, a veces me encierro tras puertas abiertas, a veces te cuento por qué este silencio y es que a veces soy tuyo y a veces del viento. De todos modos y siendo consciente que esas veces nadie me ve, siento como si lo que hago lo vieses. A decir verdad me encantaría que lo vieras. Cómo canto mis canciones favoritas dominado por tu recuerdo, cómo dibujo intentando hallar la perfección imaginando tu mirada, cómo fantaseo bailando con un jersey como si te abrazase y me atreviese a besarte, ¡al fin!, a la caída del sol mientras las últimas luces del día se difuminan en tu cabello y me sorprende la luna cogiéndote de la mano.
Y me encantaría que así fuera y, sin embargo, me escondo en mi vergüenza y a la vez me asomo por una rendija por si hicieras tú lo mismo. ¡Lo que daría por verte cuando nadie te ve! Porque seguro que cuando nadie te ve, actúas como yo cuando nadie me ve. Y te escondes y también cantas, dibujas bailas, sueñas e imaginas. Y te asomas con disimulo por si me ves. Dí la verdad. A los dos nos gustaría abrir una pequeña rendija en nuestros sentimientos íntimos y susurrarnos un "¿estás ahí?" y que se cruzase un sí en las dos direcciones.