lunes, 22 de marzo de 2021

HEROÍNA

El mundo es dual, ¿sí o no? En esa misma alternativa está la dualidad. Hay quienes dirán que sí y hay quienes dirán que no. Ambos tendrán motivos pero eso no quita que estén las dos alternativas. O blanco o negro. A la hora de la fortuna, de la suerte, del sino o de la decisión, como queráis llamarlo, no existe el gris. Y no me valen los peros. Los sabios dicen que todo lo dicho antes del "pero" no sirve, puesto que lo que va después es realmente el pensamiento que quiere expresarse. "Eso no quita que estén las dos alternativas", antes lo he dicho detrás de "pero". Una moneda tiene dos caras y cuando se lanza al aire no cae de canto. Y así es todo. Día o noche. Alegría o tristeza. Felicidad o llanto. 
Viene está divagación de una muchacha, digamos que Virginia. Tuvo una vida horrible, adicta a la heroína. Y finalmente se convirtió en ella. Es la misma palabra, son dos las acepciones. Hasta las palabras tienen su doble vertiente. El mundo es dual, ¿sí o no? Tras malos derroteros adquirió buenos hábitos. Abandonó ese contexto de heroína y se convirtió en esa heroína capaz de ayudar a los que dependen de ella. Una maravillosa enfermera y psicóloga que curaba, escuchaba y hablaba a través de la experiencia. ¿Quién diría que por sus venas corrió la droga y luego el valor de la entrega? Maravillosa dualidad. El ser humano tiene la opción de elegir y la vida es tomar decisiones. Piensa y elige bien. Y si te confundes, acuérdate de Virginia. Puedes tomar la otra opción. Nunca es tarde. De heroína a heroína.


miércoles, 2 de diciembre de 2020

PAJAROTO

Dicen de él que es un hombre peculiar. Nunca se puede adivinar en su mirada si habla en serio o si lo hace en broma. Sus rasgos faciales son traviesos, risueños y aventureros, a la vez. Imposible por eso descifrar su tono de sorna o de realidad cuando cuenta historias. El caso es que por ello no pasa desapercibido y narra curiosidades a todo el barrio. Sabe cosas de antes y de rabiosa actualidad y siempre da conversación a todos. Es entrañable y tiene los ojos grandes y abiertos pero sabe entornarlos hasta lo más mínimo para escudriñar secretos. Jamás se sabe si divaga, sospecha o vislumbra cuando lo hace. Se comenta que peina unos sesenta años y desde su niñez tuvo vista de pájaro y no se le escapa un detalle. Almacena en su alacena del alma retazos de raigambre y los saca a la luz cuando el momento era preciso. Basta añadir alguna palabra más a los "Buenos días" y él, como buen entendedor, aprecia que es idóneo iniciar una charla. Sus palabras calan siempre sin saber si son invención o realidad, atrapan desde el principio y no dejan indiferente al interlocutor ya sea niño, adolescente o adulto. Además ocultan un mensaje y dejan moraleja. Seguro que en este preciso instante está forjando nuevas historias y adaptando sus pupilas a las nuevas luces de la vida. Si lo veis por la calle, hablad con él. Os gustará lo que os cuente, no sabréis si real o inventado, pero os dejará ganas de más. Y aprenderéis.


jueves, 5 de noviembre de 2020

FERIA DE CÓRDOBA

La pandemia había arrasado con los cimientos de su vida. Había perdido a su madre por el maldito coronavirus, su empresa había quebrado despidiéndolo de su trabajo y vivía sólo desde hacía tiempo. El banco no perdonaba los recibos cada día primero de mes. Se anticipaban unas Navidades muy duras. En la mesa sólo habría dos platos, uno de ellos vacío. Las uvas de Nochevieja bastarían con medio racimo. Quizás ni cocinase. Cualquier cadena de comida rápida podría cumplir perfectamente el encargo de llenar su estómago vacío y en Mercadona con un billete de cinco euros, vueltas incluidas, podría adquirir una botella de sidra marca blanca y una tableta de turrón. ¿Para qué más? No tenía ganas de nada y si lo hacía sería por brindar por el pasado pues el futuro no tenía visos de mejora.
Sentado en el sofá miró la foto que tenía con su mujer del día que se conocieron. Fue en la Feria de Córdoba. Tenía veintipico años y la vida le sonreía. No como ahora. ¿Por qué tanto castigo? Él siempre hubo sido una persona buena, noble y honrada. Ella falleció hacía unos años de una mala enfermedad.  Le rodaron dos lágrimas por las mejillas. Ya había dado todo y estaba agotado. Le bullía la cabeza. Notó un calambrazo en el pecho y su espíritu se marchitó de golpe. Se llevó una mano al corazón dolorido  roto y se fue quedando dormido en el sofá para no despertar jamás. Se marchó, sin pena ni gloria, de esta vida miserable.


miércoles, 23 de septiembre de 2020

RETRATO

Hoy me miraba el alma frente al espejo. Siempre se ha dicho que la cara es el espejo del alma y por eso hoy lo he hecho al revés. Me he mirado el alma y de acuerdo a lo que he visto he sabido cómo tenía la cara. El reflejo me ha devuelto en su visión unos ojos entornados batiéndose en lucha entre la sonrisa y la preocupación. La nariz, afilada, estrecha, sin rasgos judaicos pese a ello, abría sus orificios  al máximo desprendiendo una respiración amplia, pausada, armónica, acompasada al pensamiento que ocupa en esos momentos la cabeza. La boca cerrada como cuando se cavila pues mantenerla abierta implica estar en Babia. La mirada entornada, con los ojos cerrados y los párpados a punto de despegarse para ver el mundo real y dejar de ver el mundo interior que, en ocasiones, es mucho más real que el exterior. Y así era. El reflejo no miente y ha mostrado lo que ve. Además todo encaja y los sentimientos se reflejan en el rostro perfectamente integrados, careciendo de sentido que aflore una sonrisa entre lágrimas de llanto o se dibuje una nariz henchida en un momento de agitación.
Todos tendemos a sentenciar el interior de una persona viendo su cara en un determinado momento y somos conscientes que en realidad no sabemos lo que a su alma acaece ciertamente. Lo que no todos hacemos es mirar nuestra alma al espejo y así saber la cara que mostramos. Entenderíamos mucho más porque nos tratan de una manera o de otra.


miércoles, 29 de julio de 2020

AINHOA Y BERTA

Nunca vi mejor conjunción en la sonrisa que la que ambas formaban juntas. Eran el perfecto fiel de la balanza para acometer cualquier empresa y que siempre se alcanzase el equilibrio. Cuando la una estaba triste, la otra compensaba con alegría. Cuando la otra estaba lejos, la una garantizaba cercanía. Ainhoa y Berta eran íntimas amigas y me gustaba verlas felices y seguirlas en sus redes sociales. Terminaba alegre viendo sus publicaciones. Lo pasaban genial juntas, nunca faltaban planes entre ellas y compartían infinidad de vivencias. Se complementaban hasta tal punto que una lágrima de Berta servía para hacer más limpia una risa de Ainhoa. Transmitían, seguramente sin saberlo, la más perfecta y entrañable definición de amistad. Aún viviendo casi juntas cada una pertenecía a un municipio y cada uno de ellos a una provincia de una autonomía diferente. Curioso pero real. Tan cercanas y tan lejanas. Sin embargo, su unión era tan palpable que no había nunca separación entre ellas dos y, me atrevería a decir que, sus pensamientos estaban ligados de modo tal que con mirarse y sin necesidad de palabras o con oírse y sin necesidad de miradas, sabían a la perfección el estado de ánimo de una y otra y lo que necesitaban mutuamente en ese momento las dos. Ainhoa era la prudencia, la sensatez, la cordura y el sosiego. Berta era el descaro, el ímpetu, la locura y el huracán. Juntas eran la mezcla precisa y concisa. Siempre cercanas, entremezcladas sí y a la vez manteniendo sus esencias. Entrañables, mágicas, amigas.

martes, 21 de julio de 2020

A MIS CINCUENTA Y DIEZ

A mis cincuenta y diez, sesenta dicen que aparento, he vuelto a tener mariposas en el estómago. Cuando una mortal enfermedad se llevó de mi lado a Amalia no pensé que volvería a sentir vivo mi corazón. Todo el mundo decía que el tiempo todo lo cura y terminé aborreciendo la frase y a todo aquel que me la decía. De hecho, ni siquiera sabía el tiempo que me quedaría a mí por vivir en ese sin vivir en el que se había convertido mi vida. Fueron transcurriendo los lustros entre Navidades llenas de lágrimas y propósitos de año nuevo y mi corazón, cerrado por derribo, maltrecho y ajado, se limitó a seguir latiendo por inercia. Y sin ser consciente de ello el tiempo fue pasando y Amalia ya llevaba casi dos décadas brillando entre las estrellas. Si algo tenía presente era su recuerdo, si bien el dolor se iba mitigando. Quizá fuese por acostumbrarme forzosamente o quizá porque aquellos que decían lo del tiempo tuvieran razón.
A mi vecina Paqui le pasaba algo similar. Eduardo, su marido, murió en un trágico accidente. Llevaba años sin verla sonreír. Sólo lo hacía cuando la visitaban sus nietos y les daba las rosquillas que había hecho para ellos, pero eso ocurría pocas veces porque su único hijo residía fuera, a bastantes kilómetros. Ambos nos entendíamos con mirarnos puesto que los dos sabíamos del dolor que conllevaba la pérdida. La empatía era mutua. Es más, de tanto hablar con la mirada, un día revolotearon de nuevo mariposas en mi vientre. Y creo que en el suyo también. En la tierra se dibujaron sentimientos y en el cielo brillaron dos sonrisas. ¡Qué cosas! A mis cincuenta y diez, sesenta dicen que aparento.


miércoles, 8 de julio de 2020

LO ÍNFIMO

No sé si es un sueño, una teoría o una leyenda. Cuentan que una vez la Madre Tierra se enfadó con su hijo el Hombre. Ella le había dado todo y él se dedicaba a no cuidarla y respetarla. Se creía poderoso, gran dominador de la tierra, el mar y el viento, señor de castillos y doncellas, de grandes construcciones y de torres con princesas en lo alto, dueño de cultivos, huertas y parcelas robadas al monte sin reparo, propietario de los bosques que aniquilaba para poner en ellos hormigón y piscinas artificiales, usufructuario sin límite legal que vertía sus miserias contaminantes a los arroyos, ríos y lagos causando desastres en el mar. Alguna vez la Madre Tierra dio señales de enfado y recuperó lo que era suyo. La vida al final siempre se abre paso, pero el Hombre, convencido de su poder, con grandes máquinas y armatostes siguió su guerra contra sus propias raíces, contra su más íntimo origen, contra su propia génesis. Aguardaba que si alguna vez llegaba un enemigo sería grande, corpulento, visible en la distancia, fácil de localizar, dominar y derrotar. El Hombre creía que todo lo podía y la Madre Tierra estaba cansada de sufrir. Y ocurrió como ocurrió la vida. Avanzó en silencio, invisible, sin detención y logró su cometido. Algo tan ínfimo en tamaño como un virus puso en jaque toda la inmensa jerarquía del Hombre. No se puede morder constantemente la mano de quien te da de comer por creerte superior y no tenerle el respeto que merece. Lo ínfimo puede derrotar a lo supremo como un eterno David que siempre vence a Goliat.